Post-nos: otro blog de Rosario Curiel

Anotaciones no marginales sobre el mundo en que vivimos

Archivo para septiembre 2009

Humanecología

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Sir Ken Robinson reflexiona sobre la necesidad urgente de recuperar el valor de la creatividad.

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Escrito por Rosario Curiel

septiembre 29, 2009 a 10:34 am

Escrito en Re-flexiones

El dolor de pies impide pensar

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peeptoe01

O: no se puede gestionar el mundo desde una mala base.

Aparece la noticia de que los sindicatos británicos hacen la guerra a los zapatos de tacón. No es de extrañar: muchas compañías obligan a sus empleadas a llevar zapatos más allá (más arriba) de la postura natural del pie y el resultado es evidente: torceduras, dolores. Empieza por abajo y llega hasta la espalda, hasta la cabeza: porque las cervicales, malditas y necesarias vértebras “cerebrales”, se encargan de proporcionarnos una persistente migraña. Si usted sufre dolor de cabeza y no sabe qué hacer con sus ideas, mírese a los pies: si no es empleada de una compañía aérea, de una multinacional que cree que las piernas de las mujeres están mejor si se ofrecen largas y esbeltas a sus compañeros y jefes (¡y clientes!) barones, si su jornal no depende de ello, haga el favor de quitarse inmediatamente los tacones y relaje sus ya maltrechos pies. Si va a quedarse sin sueldo por culpa de los zapatos… quíteselos a escondidas mientras esperamos a que los sindicatos de este bendito país hagan lo mismo que los británicos.

Es extraño: esta noticia se empareja con la moda de este verano. Rutilantes plataformas, inclinaciones imposibles de empeines… Confieso que he ido caminando por la calle ahogada por el calor y por el bochorno de ver cómo mis congéneres femeninas engrosaban los bolsillos de podólogos y pedicuros (y no tengo nada en contra de su profesión) por el simple hecho de empeñarse en llevar unos zapatos que martirizaban las bases de sus anatomías. Hay pies privilegiados, que no sufren (yo aún no conozco ninguno, pero alguno habrá: me lo ha contado una amiga de una amiga de una amiga), y hay pies mortales, humanos, que acaban con durezas, callos, heridas, ampollas y juanetes enrojecidos. Confieso que no entiendo ese sufre cochura por hermosura que no lleva a ninguna parte. Desde mi apenas metro sesenta reivindico la libertad absoluta a no llevar tacones y a llevarlos cuando me plazca ver mis extremidades alargadas, aunque eso sucede muy de año en año.

Quizás, en algún caso, sea necesario hacer lo mismo que el personaje de Melanie Griffith en Armas de mujer: llegar con las deportivas al trabajo (aprovechar para hacer algo de ejercicio en al trayecto, ya puestas en este mundo de velocidad y fitness) y, una vez allí, calzarse unos terribles, amenazantes y apetecibles stilettos (o esos cincuenteros peep-toes que a casi nadie sientan bien). En cualquier caso, revisémonos a menudos los extremos inferiores: yo no me fiaría demasiado de la eficacia de alguien que es incapaz de gestionar sus pies.

Escrito por Rosario Curiel

septiembre 18, 2009 a 9:59 pm

Escrito en Curiosidades

¿Google o no Google?

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Esta es la cuestión. ¿Qué es peor: dejar que nuestros contenidos se cuestionen y gestionen de manera remota, o aislarnos y renunciar a ser más conocidos?

El ser humano peca a menudo del deseo de la fama, y la fama cuesta, y ahora vais a empezar a pagar: con sudor, como diría cierta profesora en la serie (que no el reality) que veía el siglo anterior. Según Jorge Manrique, la vida de la fama es la que empieza cuando uno ha muerto: a mí, personalmente, no me apetece que me recuerden cuando haya muerto. Me da absolutamente igual, porque ya estaré muerta y mi cuerpo no va a volver, ni siquiera para actuar en el videoclip de Thriller.

Pero volvamos al principio: ¿Google o no Google? La cuestión es que el proceso de digitalizar archivos ha levantado tanta polémica que soy incapaz de resumirla y mucho menos de opinar. Yo soy una de los muchos cientos de personas abandonadas por su editor de turno, y para cuando empecé a tener alguna idea sobre el tema ya había renunciado a hablar con mi abogado. Ya se sabe: cuando no se sabe qué hacer, lo mejor es quedarse quietecito. Y esperar. Desde que un encantador compañero de trabajo difundió mis novelas de manera fraudulenta (y no diré ni cómo ni quién, para no dar ni ideas ni publicidad) sentí en mis carnes la rabia de quien se quema las cejas, los ojos, las gafas y las lentillas en unas páginas (de pantalla o de papel) y ve el fruto de sus esfuerzos e ilusiones tirados a manos de indeseables. Desde entonces adopté una forma intermedia de no colaboración: ni todo, ni nada. Escribo en la red lo que me apetece compartir con todo el mundo y es fruto de algo más inmediato y me duele menos, y dejo el Copyright para los libros que amo en profundidad porque me acompañan a lo largo de, como mínimo, dos años. Así que no se me tilde de tibia cuando declaro no saber qué opinión tengo sobre el tema de que Google digitalice los libros de autores vivos,  muertos, momificados y por venir: creo que la avalancha de pros y contras es improcesable, y que el tiempo dirá. Me encanta encontrar textos en la red (sobre todo, aquellos volúmenes que ya no se pueden encontrar en el mercado), pero ni se me ocurre plagiar a gente a la que respeto por el mero hecho de haber trabajado bien.

Somos mucha gente en el mundo y ya nos controlan lo suficiente. En parte es bueno, en parte no: toda comodidad tiene su desventaja o, como escribí no sé en dónde (seguramente, en alguna libreta inaccesible que nunca se publicará), toda puerta tiene sus escorpiones. No me pregunten qué quiero decir: ni yo misma lo sé.

Escrito por Rosario Curiel

septiembre 11, 2009 a 4:09 pm

Escrito en Re-flexiones

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