Buenos días, buenas letras
Así se titulaba, si no recuerdo mal, un librito para incitar a la escritura a los adolescentes que a menudo deambulan, dormitan o se angustian en las aulas. Realmente, es un título acertado. Perdóneseme desde aquí que no rinda la debida pleitesía del copyright, pues no recuerdo a quién se debía el título de marras.
Lo que sí sé es lo mucho que le debo, personalmente, al título citado. Buenos días, buenas letras: es algo que a menudo me recito, como un mantra, al levantarme, haya dormido bien, mal o en absoluto. Nada hay más sano, aparte de las abluciones matinales y el obligado desayuno, que un buen desayuno de letras. Las letras nos salvan del mundo y de nosotros mismos. Nos apartan y nos acercan, según convenga, de este mundo, a este mundo en el que vivimos saturados de información.
A veces comento con quien esté dispuesto a escucharme (tarea peligrosa, advierto) que en este mundo faltan ganas de aprender porque toda la información se ofrece sin esfuerzo. Saturado de datos, el mono lingüístico a menudo está demasiado saciado como para pararse a distinguir los manjares del fast food. Nada que objetar a ambos tipos de comida, faltaría más: a veces necesitamos delicadezas y a veces suciedad. Porque no somos etéreos, ni mucho menos. Aunque tendamos demasiado a menudo a volar.
Volamos, sin embargo, con las alas manchadas de alquitrán: la marea negra que forman datos cifrados en bits, ruidos callejeros, pensamientos que nos perturban y ansiedades varias nos impide pensar. Sí, como el dolor de pies o de cabeza. Como una mala digestión.
Es por ello que, aunque estamos en el momento de escribir estas letras próximos al atardecer, suelo inaugurar momentos enormes como días finlandeses (aquellos que son tan largos como cuarenta días corrientes) con un buen desayuno de letras. Momentos, si se quiere, cualesquiera. Momentos como éste.



I couldnt agree with you more
jet-skis
octubre 8, 2011 a 5:04 am