Matemática de catástrofes
A decir verdad, soy capaz de predecir tres o cuatro catástrofes por minuto. Será la crisis-recesión o mi personalidad estrambótica de humana que tiende a anticipar un futuro que, la verdad y como todos sabemos, nunca llega. Vivimos tiempos inciertos, sí, confusos, ilógicos: cuando no hay dinero todo el mundo se esfuerza por salir de vacaciones (los medios de comunicación constatan playas llenas), todo el mundo tiene sus smartphones, sus ipods, sus… En la televisión nos pasan, justo a la hora de comer, escenas del hambre y la guerra en el mundo. Curioso mundo el nuestro, que por un lado nos empuja a consumir y por el otro a sentirnos culpables.
Pero todo tiene su ritmo: ahora, sabemos, vuelven los anuncios de los coleccionables, los anuncios de la vuelta al cole, de los regímenes de adelgazamiento. Si no has adelgazado antes del verano y te has pasado unos días holgazaneando, puedes volver a intentarlo ahora… porque tú lo vales. Pero que no cunda el pánico. No pasa nada. Como diría Baudrillard, vivimos en la era de la simulación. Como diría un antiguo profesor mío, “simular es hacer como que es algo que no es”. Y continuaba: “disimular es hacer como que no es algo que es”. Así que vivimos en la Era de la Simulación y del Disimulo. Al fin y al cabo, somo animales y nos camuflamos. De hecho, está demostrado que el peor depredador para el hombre (léase “ser humano”) es el propio hombre. ¿De qué nos extrañamos? Hace años que vivimos una mentira de libertad que consiste en hacernos creer que somos libres. Y nos lo creemos nosotros mismos. Esta sería la verdadera catástrofe.
Según René Thom, padre de la Teoría de Catástrofes, una catástrofe es el cambio súbito que ocurre a un sistema dado, cambio que le hace modificar su forma. A la luz de esta afirmación, no estamos sumidos en la catástrofe, ¿verdad? Pero creo que olvidamos algo. El ser humano vive encerrado en los límites (más o menos infinitos, si se me permite la paradoja) de su cerebro, así que, dicho llanamente, no puede ser capaz de concebir algo que no es capaz de percibir. Visto esto, quizá sería un buen momento para abrir los ojos más allá de las pantallas que nos los cierran para ser capaces de cambiar un poco, para preservar lo que de humano aún nos quede. Dejemos de ser robots programados según el ritmo de nuestro propio consumo. Es hora de luchar.



…y esa lucha comienza, probablemente, con nuestras propias resistencias.
Acabo de leer una entrevista a Mario Conde (http://www.jotdown.es/2011/08/mario-conde-cuando-veo-la-vocacion-de-subdito-de-los-espanoles-me-asusto/):
“Llevamos siglos viviendo con la noción de progreso. Poco a poco esa noción ha ido transitando del progreso cualitativo (mejor modo de vivir) a más cantidades de bienes que posees; es decir: mejor igual a más. Hay un libro magnífico de René Guenon que lo explica muy bien: se llama El reino de la cantidad y los signos de los tiempos. ¿Qué está pasando ahora? Que la generación que viene rompe con ese modelo que ha sido inveterado y tiene que trabajar más para vivir peor. Esto es un choque conceptual muy profundo que revela que algo va a pasar y sociológicamente tiene unas consecuencias que no sabemos cuáles van a ser. Va usted a ingresar menos, va usted a tener menos bienes y va usted a vivir peor. ¿Por qué? Porque lo hemos gastado. O sea que usted tiene que trabajar para reparar los errores que han cometido otros.”
Creo que tiene bastante razón…
¡Un saludo!
luistarrafeta
septiembre 1, 2011 a 8:54 am
Totalmente de acuerdo, Luis. Gracias por comentar y compartir.
Un saludo muy cordial.
Rosario Curiel
septiembre 1, 2011 a 7:37 pm